Resulta inútil tomarse por costumbre tanto insomnio,
equivocarse la seriedad de una sonrisa con las manos
si pensamos que la vida es sólo herencia frágil
o soledad de piel llagada abierta al mundo.
Porque la vida –amor- en ocasiones
también consigue defraudarnos y, tal vez, sea mejor
no preguntarnos qué es lo que opina cada uno.
Aunque tú no lo recuerdes, la luz es una excusa
para devolverle al sueño más difícil la memoria,
si acaso la memoria es un espejo similar
al reflejo del cuerpo en claroscuro que lo habita.
Y nos pulsa este crecer desnudos, esta quietud
incierta de sentirnos la sombra en equilibrio,
esta horrible sensación de carne y de cristal
cortándonos en seco como si una verdad tramada
colgase íntimamente de nosotros: dormidos
cuatro metros de cemento bajo tierra.
Porque la vida –amor- o bien se retuerce
de esperanza o eleva su eléctrico perfil hacia la altura,
cicatrizando los últimos rayos del atardecer menos pensado,
el tiempo herido del sol cuando se ahoga, la mirada
del recuerdo que olvidado siempre queda
apresado en la retina, al fondo de los ojos de quien mira
una fotografía velada por antiguas decepciones.
Sin embargo, me sorprende todavía
que después de tantos años, de tanta pasión
adonde huir de comprendernos, el Amor sea capaz
de alzarse entre la multitud de vernos tan perdidos,
dejándonos llevar a lágrima viva hasta tan dulce idilio.
Y ahora que se empeña el corazón, como si nada,
en cerrar nuestros labios hasta herirlos, en hacer
público todo aquello que no quise decirte
no parece existir otro remedio que ser lo que no somos,
quizás mal quitarnos la ropa y soportar este silencio
salvaje de suburbio mientras la nieve baña en sangre
la voz de los primeros muebles de esta casa
y demudan las habitaciones nuestra ausencia
y dan forma a nuestra materia de agua oscura
dos costillas de ceniza o de piel muerta.
Ahora, que no encuentro diferencia alguna
entre suicidarme en medio de un orgasmo o beberme
trece veces triste un espejismo de tristeza,
la vida –amor- nos cambia el clima y las ciudades,
o nos salpica el alma y se transforma
(de un golpe onírico y certero) en algo más que una palabra
escrita en falso sobre el centro de una duda.
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